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  • I.

    El tiempo pasa y, pese a ello, siento como si no hubiera cambiado de estación. Sigo anclada en septiembre; en la lucha que no duele porque permanece la esperanza de los principios. Y no me gusta el verano, sino la sensación que deja en mí tras su final; da paso a la nostalgia de lo acontecido o de lo que pudo suceder.

    Si me refugio en lo más importante —que es el querer— todo empieza y nada acaba. Y quiero mudarme porque, en verdad, sé que solo es cierto porque me lo he inventado.

    Cómo contemplo ahora

    sabiendo que la vida está en los ojos

    y tú ya no me miras.

    Los porqués de mi dolor se van acumulando. Y me hieres tan profundo que ni lo noto. Si algo he aprendido es que de la vida duele aquello que no te enseña, porque por doler me duele ahora incluso aquello que no conozco.

    Escribir me hace libre mientras me anuda al recuerdo; lo necesito, pero también me pone más triste. Hace unos días —aunque ya lo sabía— comprendí que estoy en la trinchera y que en el otro bando hay otra versión, que también soy yo. Y estoy constantemente en guerra. Y me peleo conmigo misma porque estoy atrapada entre lo que quiero y lo que ansío para anhelar.

    La huida está rota; es ineficaz.

    Si huyo me alejo falsamente porque me ausento de mí;

    si permanezco me enfrento al dolor infinito

    cuyo misterio no quiero pero anhelo reconocer.

    En una guerra nadie gana; uno simplemente pierde menos.

  • II.

    Tú no atas;

    tú desencadenas.

    A cada paso, a cada gesto,

    la primavera se posa en tus movimientos.

    Ya no importa que llegue el otoño.

    Y entonces me abrazas,

    y toda la vida que cabe

    en nuestro mundo

    —que es mi mundo—,

    pierde su norte

    mientras traza una dirección.

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